Un país para robar

apalabrado

robar

La excepcionalidad deja de llamar la atención al ser aceptada como costumbre social, por repetición sistemática, y provoca rechazo cuando se convierte en rutina. En los albores de la transición, el aceite de colza o Fidecaya se vieron como los últimos coletazos del entramado estafador de las élites del franquismo. Matesa y Sofico eran un recuerdo reciente de las mafiosas costumbres hispanas y la gente confió en la democracia como antídoto.

El caso Flik llamó la atención de la ciudadanía que asistió perpleja al desfile de corrupto dinero en un partido que celebró, un lustro antes, sus “cien años de honradez”. El Congreso lo consideró algo excepcional y absolvió a Felipe González. Luego Filesa, el AVE, Juan Guerra, Ibercop, Luis Roldán y una larga lista advertían de que corrupción y estafa se asentaban de nuevo como cancerígena costumbre en España y el PSOE fue evacuado de la Moncloa.

La llegada…

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