Historia de la economía en España

pelotazo-nacional

Artículo de opinión sobre la historia de la economía en España desde la II República hasta la fecha.

“Pelotazos”

La élite económico financiera española no ha hecho otra cosa en su vida que dar pelotazos y vivir de sus rentas; o de ir de pelotazo en pelotazo.

Hay que recordar que este país estaba casi destruido al completo. Ése fue el gran logro del genocida golpista: arrasar físicamente el país y a los republicanos, y traer hambre al pueblo.
Los datos son diversos, pero la inmensa mayoría coinciden en que después la guerra se siguió fusilando a mansalva. Sólo la caída de Hitler supuso un freno a ese afán asesino de los vencedores.

Y la caída de Ramón Serrano Súñer, marido de una hermana de Carmen Polo y abanderado del nazismo en España.

Mientras los españoles sobrevivían como podían al hambre y la miseria, las élites económico/financieras del país se dedicaban al estraperlo y a la usura. El estraperlo estaba tolerado de facto por el régimen; y la usura era una forma de ganar dinero fácil sin exponer más que el capital prestado. Ay de aquél que no pagara. Lo de “que inventen ellos” ha sido una máxima llevada a rajatabla por el capital español, que no merece ni mayúscula por su obstinada necedad: nunca han invertido en nada que necesitara inversión amortizable a medio plazo. Sólo ha ido a por las rentas y el pelotazo.

En el Siglo XX, el primer pelotazo importante es, cómo no, el de la construcción. No saben más.
Hasta la llegada de Eisenhower (diciembre de 1959), a nadie se le ocurrió construir casas. Puede que no tuvieran dinero suficiente para invertir. Pero harto extraña me parece esta explicación. No se necesita mucha: sólo en materiales y mano de obra, muy barata entonces y ahora.

Es público que los grandes financieros del país apoyaron la guerra con grandes sumas de capital, muchas veces desviadas a los bolsillos de los generales cabecillas de la revuelta. Creo que la razón es otra: la propiedad de una vivienda cambiaba de alguna manera el estatus imperante. El trabajador no era propietario de nada por su propia ubicación en la escala social: vivía alquilado o realquilado. Muy pocos tenían vivienda propia.
Eso se mantuvo hasta el despegue de los años 60, cuando Eisenhower dio el visto bueno a España para formar parte de la ONU y salir ostracismo/autarquía en el que se había vivido hasta el momento.

Era, aunque sólo se utilizó la palabra en relación a Alemania, la realpolitik versión yanqui: España era un bastión anticomunista y, por lo tanto, formaba parte de esa política real de la guerra fría. Empezaron entonces los grandes pelotazos del ladrillo. No era cuestión de vender al país con tan “mala imagen”. Se reconstruyeron muchas zonas de las ciudades aún devastadas por la guerra, y fueron agrandándose algunas en función de lo que es hoy la única industria capaz de generar divisas: el turismo.

Benidorm cayó bajo el imperio del hormigón gracias a Pedro Zaragoza Orts, procurador en las cortes franquistas y alcalde de esa pequeña ciudad de pescadores destruida por completo, en aras de sacar el mayor rendimiento al terreno. Zaragoza se hizo inmensamente rico destruyendo a su pueblo. Fue uno de los escasísimos procuradores que no votó el suicidio de las cortes franquistas. En los años 90 reivindicaba su legado hablando de Benidorm como la cumbre de la “urbanización vertical”.

En las ciudades se pasó de “El pisito”, una obra maestra del cine firmada por Berlanga y Marco Ferreri, a aspirar a tener vivienda propia. Hasta entonces, “el pisito” era la cruda realidad contada con mucho sarcasmo: dos novios que no pueden casarse por no tener donde vivir, deciden que él se case con una anciana que sí tiene casa. Alquilada por supuesto. Si se convierte en su marido, podrá subrogarse el contrato de arrendamiento al enviudar. Ésta era la situación en la que vivía la escasísima clase media del país. Llega el boom de los sesenta y los ayuntamientos, nombrados por la administración central entre sus adeptos, comienzan a trazar líneas en el mapa, marcando el valor de los terrenos en función de si eran o no urbanizables. Pelotazos por doquier para unos pocos. La pertenencia al movimiento, o su afinidad con él, podían hacer que de la noche a la mañana te convirtieras en millonario. Nada de planes generales de urbanismo: todo el poder residía en el alcalde. Por cierto, no cobraba sueldo. Los hacía por amor “al arte”.
Tampoco los concejales, elegidos según los principios de representatividad del régimen: familia, municipio y sindicato.

Por fin se podía llevar a cabo el sueño americano que trajo Eisenhower, muy lejos de la historia europea: casa propia. Sin hipotecas: letras de cambio.
Cuando alguien compraba una casa, firmaba un número determinado de letras que sumaban el precio de venta y las cantidades a pagar en cada período de tiempo acordado/impuesto por el constructor.
Las letras se compraban en estancos. Era papel del Estado; y como tal, único emisor y beneficiario de su venta.

No había banca privada: sólo cajas de ahorro de ámbito provincial.

Dado que el régimen no daba a la mujer más papel que el de subordinada al varón, primero al padre y luego al marido, su contribución a la economía doméstica era, y no poco, su trabajo al cuidado de toda la familia. No se contemplaba el trabajo fuera del hogar de las mujeres, cuyo fin en la vida era encontrar a alguien que la mantuviera, a cambio de ejercer de esclava al servicio del marido y los hijos. Si nadie la compraba¿?, la soltería era una desgracia y, en ocasiones, la miseria. Quedarse para vestir santos. ¡Pobrecillas! Llevaban consigo el estigma.

Poco más o menos como hoy. Visto lo visto, poco se ha avanzado en este aspecto. Importamos todos los valores franquistas. Y así nos ha ido. Pero para adquirir una casa hacían falta dos sueldos.
Como era el hombre quien tenía que traerlos a casa, pues se inventó la jornada intensiva, la misma que hace que en España tengamos diferente horario de comidas del resto del mundo. El pluriempleo imperaba. Si uno salía a las 3 de la tarde de trabajar, a las 5 ya podía estar echando otra jornada reducida en otro sitio. Se trabajaba hasta los sábados por la mañana. Y el domingo fútbol. A ver quién pensaba en algo que no fuera descansar.

Un entramado perfecto si no fuera porque llegaron algunas industrias, foráneas y pocas, que dieron al trabajador conciencia de que eran muchos; unidos, podían reclamar la semana de cuarenta horas, seguridad en el tajo y muchas cosas más.Hoy no queda nada.

Lo logrado a partir de los sesenta se ha diluido como un azucarillo gracias a la traición de los dos grandes partidos, PP y PSOE.
Las grandes luchas a muerte que dignificaron el trabajo, único generador de riqueza, se han esfumado. Esta riqueza se ha convertido en un bien escaso y, como tal, caro: trabaja por lo que te doy, las horas que quiera y en cualquier condición. Neoburrez ha conseguido, por el momento, someterlo al régimen de oferta y demanda.

Entretanto, los mamporreros de la banca genocida, siguen con sus pelotazos. Siguen sí. No me cabe duda. El problema es que esta capital miope/ciego, ha dirigido sus pelotazos al ciberespacio. Se ha ido del planeta y ha colonizado otro universo: aquí, en la Tierra, no tiene nada. Ha hundido la economía de consumo. No produce ni siquiera billetes. Todo son movimientos contables en hojas Excel que sobrepasan el valor del PIB mundial muchas veces. No se ponen de acuerdo cuántas, pero economistas de todos los signos coinciden en que bastantes.

De dónde no hay no se puede sacar. No se dan cuenta de que van pasados de rosca.

Lo malo es que la ciudadanía tampoco. Y vierte su sangre a la nada más absoluta: una banca-capital genocida que quiere convertir en realidad lo que está en sus balances; y no puede porque simplemente no existe. El gran fracaso de la transición fue el de no tocar ni un ápice al poder económico, la sociedad franquista y sus valores. Felipe González y adláteres enseguida abrazaron el amor al dinero: se convirtieron en apóstoles de neoburrez. Querían ser como ellos, los franquistas. Eso sí: con un toque liberal a la manera americana. Hasta aquí ha llegado la transición que no fue tal: un maquillaje para que nada cambiara. Cómo no, muchos de sus dirigentes dieron también pelotazos, aunque nunca fueron admitidos en el club de los “acomodados”, en jerga del banquero cuyo nombre no digo porque mancha. De pelotazo en pelotazo hasta la ruina final.

La caída de este régimen heredero del franquismo depende de la ciudadanía. No tienen efectivo ni p’a balas. Yo de ellos me preocuparía muy mucho de tener muy mucha policía. Pero ellos no: seguridad para quien pueda pagársela. Van listos con gorilas de discoteca cuidándoles las espaldas. La necedad de estos neoburros es infinita. Ya lo dijo Eisntein.

 

Autor: kikamondelo 16/06/2013

Reblogeado para difusión del mensaje, sin ánimo de plagio, duplicidad, ni lucro.
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